9. El Magisterio de la Iglesia

Noveno y último tema del curso de hermenéutica.

La Iglesia condenó el racionalismo del siglo XIX y la exégesis católica siguió el método tradicional. León XIII, en la encíclica Providentissimus Deus (1893) subraya que un texto no se puede interpretar en contra de la Tradición, el consenso de los Padres o la analogía de la fe. Es importante que se sigan estudiando los textos difíciles. Se da la clásica definición de «inspiración»: El Espíritu Santo mueve a los autores, con influjo sobrenatural, y los asiste mientras escriben, para que conciban rectamente todo y solo lo que Él quiere, y lo quieran escribir fielmente con verdad infalible.

A principios del siglo XX surge el modernismo. Teólogos y exégetas católicos ven la crítica histórica protestante y el mundo de la ciencia y surgen muchos problemas a la hora de reconciliar la fe con los nuevos datos. Pío X publica Pascendi Dominis Grecis y Lamentabili sane exitu (1907) y frena la investigación bíblica durante 30 años. Benedicto XV publica en 1920 la Spiritus Paraclitus, donde se afirma que todos los pasajes de la Biblia, que no está escrita de acuerdo a una «verdad relativa» o a lo que «en aquel tiempo se creía». Procura, además, que no se abuse de las «narraciones solo en apariencia históricas» ni de «los géneros literarios»: el verdadero sentido de la escritura es el literal.

En 1943, Pío XII, en Divino afflante Spiritu, abre la investigación «razonablemente libre» y se publican la Bible de Jérusalem y el Catholic Commentary on Holy Scripture. Se habla ya de géneros literarios y formas literarias, y se insiste en las traducciones del original. Mantiene que el sentido propio de la Escritura es el literal, aceptando el espiritual solo si se refiere a Dios. Se busca también la armonía entre exégesis y ciencia. Dice, en una carta, que Gn 1–11 no son «historia» en el sentido clásico. En 1964, la Pontificia Comisión Bíblica publicó la Instructio de historica veritate Evangeliorum. Ahí se supera la cuestión de la historia de las formas.

Vaticano II supone una revolución en hermenéutica bíblica. Dei Verbum
(1965):
- La revelación tiene lugar mediante palabras y hechos que se iluminan recíprocamente (DV 2).
- La Tradición se transmite en la doctrina, vida y culto de la Iglesia (DV 8).
- El canon lo recibimos de la Tradición (DV 9). - El Magisterio interpreta la Escritura y la Tradición, pero no está por encima de la palabra de Dios (sirve, escucha, guarda y expone) (DV 10).
- La Escritura tiene por autor a Dios, que se vale de hombre elegidos, que usan sus facultades, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería. Por tanto, los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación. (DV 11). Aquí se evita la «inerrancia» y se subraya la «verdad» relativa al plan de salvación.
- DV 12 trata la interpretación de manera especial. Hay un sensus auctoris (lo que Dios ha querido manifestar con palabras). Hay que tener en cuenta los géneros literarios y los modos de expresarse en cada época. Hay que interpretarla con el mismo Espíritu con que fue escrita, teniendo en cuenta (1) el contenido y la unidad de la Escritura, (2) la tradición viva de toda la Iglesia, y (3) la analogía de la fe; quedando todo sometido al juicio de la Iglesia.
- El A. T. es verdadera palabra de Dios y tiene valor en la economía de la salvación (DV 14).
- El A. T. significa con diversas figuras la venida de Cristo y, aun conteniendo cosas imperfectas y temporales, enseña «el sentimiento vivo de Dios» (DV 15).
- «Novum in Vetere lateret, et in Novo Vetus pateret» (DV 16).
- DV 18 y 19, importantes para la crítica y hermenéutica de los evangelios. Se afirma su naturaleza keigmática y su historicidad. Contienen una relación de dichos y hechos de Jesús, vistos a la luz de la Resurrección y del Espíritu, sintetizados en relación con la situación de las iglesias.

DV trata los principios útiles para la exégesis, pero no habla de la «hermenéutica como lenguaje» (i. e., traducir el mensaje evangélico, de modo que sea comprensible para el hombre moderno). Evangelii Nuntiandi de Pablo VI (1975) y Catechesi Tradendae de Juan Pablo II (1979) responden a esta cuestión. Más que de «hermenéutica», se habla de «inculturación» y del lenguaje para culturas locales. EN 63: La evangelización tiene que tener en cuenta el pueblo al que se dirige, su lengua, símbolos y signos. Tiene que responde a las cuestiones que el pueblo le plantea. Pero no se puede desvirtuar el contenido, «bajo pretexto de traducirlo». No se puede sacrificar la realidad universal ni la unidad.